03.01.26 | La Vanguardia
Por Antonio Iturbe
La figura del anticuario como personaje literario es más común en la literatura anglosajona, como la serie del pícaro negociante de obras de arte Lovejoy creado por Jonathan Gash. Aquí el personaje que más ha fijado en nuestro imaginario la figura del anticuario detective es el mercenario de la bibliofilia Lucas Corso de El club Dumas de Pérez-Reverte. Artur Ramon, miembro de una familia de anticuarios desde hace cien años, ha escrito un libro interesantísimo: Anticuarios modernos (publicado por la afinada editorial Elba), donde muestra las interioridades de la profesión. Son trece relatos con muy buena prosa protagonizados por anticuarios y en el prólogo señala que “su conexión con la realidad es puro y bello azar”, pero a uno le suenan tremendamente verdaderos.
¿El título “anticuarios modernos” busca combatir la idea de que los anticuarios son antiguallas en el siglo XXI?
Efectivamente, es un oxímoron que funciona muy bien y lo cogí prestado del Parnaso español de Quevedo. Los anticuarios trabajamos con lo antiguo, pero somos modernos.
Pues no tienen esa imagen…
Nos dedicamos a una profesión que está en los márgenes, somos antropólogos de los objetos e investigadores privados. De tan rara, es moderna.
¿El anticuario ha de ser un soñador o un pragmático?
Las dos cosas a la vez, porque no las veo como antagónicas sino que pueden ser complementarias. Especulamos en el territorio de los sueños cada vez que vemos una pieza sin atribución, pero debemos tener los pies en el suelo porque cada error nuestro nos cuesta mucho dinero.
Leemos en el libro: “Una sociedad como la nuestra acostumbra a confundir el arte con el lujo”.
Confundir el arte con el lujo y no con la cultura, algo tan español (ya sabemos que se desprecia lo que se ignora), nos hace mucho daño. Tenemos el IVA al 21%, cuando el libro está al 4%. Creo que una obra de arte está más cerca de un libro que de un coche de alta gama. En el mundo anglosajón lo tienen muy claro y apoyan el arte como un bien valioso de la cultura; aquí no, desdeñamos pensando que es una cosa ñoña o de ricos. Además, nos han vendido dos historias que no comparto: el desprecio del pasado y la apología de la experiencia. Reivindico la tradición y las cosas tangibles, los objetos que os acompañan mientras vivimos, más que los recuerdos surgidos de las emociones.
En el libro vemos la llegada de anticuarios a la casa tras la muerte del coleccionista. ¿Qué es lo más asombroso que le ha sucedido?
He llegado a una casa para hacer una tasación cuando el coleccionista aún estaba de cuerpo presente. Muerto el coleccionista, muerta la colección. Una colección es una autobiografía hecha con objetos y es difícil traspasarla a otra generación.
¿Cuál es su sueño anticuario?
Descubrir un gran maestro, un Velázquez o un Goya, y recorrer el camino del anonimato a la atribución con éxito. No hay nada más satisfactorio que despertar una obra de arte dormida en el tiempo y el olvido y, a poder ser, llevarla a un gran museo. Esta es una tarea que hacemos algunos anticuarios y nadie habla de ella.
Uno de sus personajes es un anticuario muy veterano, pero en la subasta siente los mismos nervios que el primer día. ¿A usted le sigue sucediendo?
Siempre que pujamos en una subasta se dispara la adrenalina como el primer día. Hay mucho de caza y de posesión en nuestra profesión.
¿Y ha de disimular como un jugador de póquer?
Es mejor disimular y parecer que no pasa nada para no parecer un novato, pero la emoción va por dentro. Muchas veces me quedo tiempo pensando en una obra que he visto y quiero comprar, alguna me ha dejado sin dormir. Hay mucho de enamoramiento en nuestro oficio. Y siempre recuerdas, como pasa en el amor, lo que dejaste escapar.