Antoni Cumella y la Arquitectura

Por Ricard Bru

La relación de Antoni Cumella con la arquitectura constituye uno de los ejes centrales de su trayectoria artística y explica buena parte de la singularidad de su aportación artística. Desde una formación marcada por la vocación escultórica y por una concepción profundamente material del barro, Cumella entendió la cerámica no como un arte aplicado en sentido decorativo, sino como un lenguaje capaz de intervenir en el espacio, y en el espacio arquitectónico en particular, con plena autonomía formal y conceptual.

Ya a partir de la década de 1950, su obra entró en sintonía con los debates sobre la integración de las artes que ocupaban a arquitectos y teóricos de la modernidad. En este contexto, los vínculos con figuras como Alberto Sartoris resultan especialmente significativos. El pensamiento de Sartoris, defensor de una arquitectura entendida como síntesis de las artes y basada en la claridad formal, el rigor constructivo y la dimensión tridimensional, ofreció el marco teórico desde el cual la cerámica de Cumella podía ser leída como una forma de arquitectura latente, de tal manera que sus piezas, y especialmente sus murales de los años sesenta, pueden interpretarse no como revestimientos ornamentales, sino como estructuras visuales y materiales que dialogan con el espacio. De hecho, podríamos decir también que este mismo planteamiento fue compartido por los arquitectos del Grup R como impulsores de la renovación de la arquitectura catalana de posguerra, recuperando el espíritu del GATCPAC y reconectando con la modernidad europea. La relación de Cumella con muchos de ellos, como Josep Antoni Coderch, Oriol Bohigas o Josep Maria Sostres, evidencia una coincidencia de intereses: la atención al material, la importancia del volumen y la voluntad de construir una arquitectura que, siendo austera, fuese expresiva. En estos proyectos, la cerámica de Cumella no actuaría como un elemento añadido, sino como una parte constitutiva de la obra arquitectónica, capaz de reforzar su carácter e introducir una dimensión sensorial basada en la textura, la luz y el color.

Un momento clave en la evolución de su lenguaje se produce a finales de la década de 1950 y, sobre todo, durante los años sesenta. Así, si durante las primeras décadas el artista dio el paso de la escultura al trabajo con torno, con unos greses esmaltados que se emparentan con la tradición oriental y la aportación de Josep Llorens Artigas, a finales de los años cincuenta, tras los primeros grandes reconocimientos, Cumella también comenzó a trabajar sobre superficies planas. La exposición en la Galería Illescas en 1961 podría decirse que marcó la consolidación de esta nueva etapa en la que Cumella empezó a centrar una parte muy importante de su producción en murales y placas planas concebidas para el muro. No debemos pensar que este giro implicase ninguna renuncia al volumen, sino tan solo una reformulación del mismo: el relieve, la modulación de la superficie y el trabajo con esmaltes mates y brillantes permiten activar el plano mural y convertirlo en un espacio dinámico, sensible a la luz y al punto de vista del espectador.

A partir de la creación del mural de la Casa Jansen (1958), de Fargas i Tous, y del de la Facultad de Derecho de Barcelona (1959), así como de la buena acogida del mural Hommage to Gaudí, creado para el pabellón español que el arquitecto Javier Carvajal había proyectado para la Feria Mundial de Nueva York de 1964, Cumella empezó a recibir encargos para trabajar en grandes proyectos murales aplicados a la arquitectura, tanto en el país como en el extranjero, especialmente en Alemania. Un buen ejemplo lo encontramos en el mural del edificio Sandoz (1971), construido en la Gran Vía de Barcelona por Xavier Busquets y Martin Burckhardt. Es a través de estos trabajos como Cumella desarrolló plenamente una cerámica de carácter claramente escultórico, pensada para la escala del edificio y para la relación directa con el usuario. La cerámica se convirtió así, en cada caso, en una piel activa singular, capaz de transmitir densidad matérica y profundidad visual sin romper la coherencia de cada proyecto arquitectónico. Desde este punto de vista, junto con la excelencia que alcanzó en el trabajo al torno, una de las aportaciones más destacadas de Antoni Cumella radica en haber situado la cerámica en el centro del discurso arquitectónico moderno y en haber puesto de manifiesto, de manera plena, cómo este material, arraigado en una tradición ancestral, podía asumir un papel plenamente contemporáneo. Su obra aplicada a la arquitectura no solo amplía los límites de la cerámica, sino que contribuye de manera decisiva a humanizar la arquitectura moderna, dotándola de una dimensión poética, sensorial y duradera.