La galería Artur Ramon rescata la cerámica moderna de Antoni Cumella 

27.02.2026 | La Vanguardia

por Antonio Lozano

El espacio acoge la exposición ‘Antoni Cumella. Arquitectura de las formas‘, que pone en valor la obra del  gran maestro de la cerámica

Si la cerámica no se hubiese tenido por un género menor, de no interpretarse como una suerte de acompañamiento o complemento a formas artísticas presuntamente más elevadas, hoy el nombre de Antoni Cumella (Granollers, 1913-Barcelona, 1985) sería tan célebre que la posibilidad de que un particular corriente adquiriese alguna de sus piezas –sacarlas de los museos o de manos de coleccionistas privados con recursos económicos tirando a ilimitados– no entraría en lo concebible por la mente humana. Sin embargo, eso es lo que ofrece la galería Artur Ramon Art a través de la exposición Antoni Cumella. Arquitectura de las formas (hasta el 13 de marzo), llevarse a casa –previo goce visual– una obra de arte a la que solo un enorme malentendido no ha protegido detrás de vitrinas o colocado en salones enmoquetados y forrados de madera para unos pocos ojos privilegiados.

Atento desde niño a las ollas y cazuelas que venía moldeando su padrastro, Josep Regàs, desde finales del siglo XIX, Cumella se formaría en la Escola del Treball y en París para acabar deviniendo el gran maestro de la cerámica moderna. Muy influenciado por Antoni Gaudí y Mies van der Rohe, al tiempo que por la depuración de la escuela orientalista, su trabajo con el volumen, la expresividad y el color de los esmaltes, entre otros recursos, lo llevaron a exponer por toda Europa junto a monstruos como Picasso, Miró o Chagall, y a recibir un sinfín de distinciones (premio Nacional de Artes Plásticas, la Creu de Sant Jordi o la Medalla de Oro del FAD). Entre los encargos más publicitados, realizar los murales del Pabellón de España para la Feria Mundial de Nueva York en 1964 y diseñar el tapón de la botella de brandy Conde de Osborne firmada por Salvador Dalí.

Cumella entendía sus cerámicas como una suerte de “piel expresiva”, explica Ricard Bru, comisario de la muestra

Visitar la muestra no supone solo asistir a la plasmación de los ejes de una galería que lleva a sus espaldas cuatro generaciones de anticuarios, doscientas exposiciones y una década de anclaje en su actual ubicación en el Eixample –revindicar figuras clave del arte del siglo XX, el oficio, la materia y el diálogo interdisciplinar–, sino replantearse las divisiones que tantas veces establecemos entre disciplinas artísticas o corregir cierta falta de visión para detectar sus fórmulas de integración. Y es que en Antoni Cumella. Arquitectura de las formas la cerámica arquitectónica –que no se comercializa y se expone tras cruzar un mini vestíbulo donde hallamos un conjunto de piezas inacabadas de un primitivismo hipnótico– y la cerámica de torno –desplegada en la sala central– ocupan un mismo plano de importancia. Dicho de otro modo, la pieza surgida del horno y la pieza concebida para fusionarse con el edificio surgen de pensar en ambas como respuestas creativas a la interacción entre volumen, espacio y materia.

Muestras arquitectónicas, concebidas para integrarse en edificios (Nacho Vera)

Cumella no veía separación alguna entre arte y arquitectura, y tan pronto entendía sus cerámicas como formas escultóricas de alma revolucionaria que como una suerte de “piel expresiva”, en palabras del comisario Ricard Bru, con la que recubrir toda suerte de superficies. “En diálogo con la piedra y el hormigón –señala Bru–, la cerámica dejó de ser un ornamento, un objeto independiente para convertirse en arquitectura, una obra que forma parte de un todo integrado en la vida cotidiana”. Este artículo debe reflejar de nuevo que esta historia también va de familias y de transmisión generacional de una pasión, porque el hijo y el nieto del artista, Toni y Guillem, siguen al frente del negocio Ceràmica Cumella, con logros como el revestimiento de las gradas y el pavimento del pabellón de España de la Expo de Osaka de 2025, la cubierta de la Catedral de Málaga, las fachadas de las últimas tiendas internacionales de la firma Loewe, y un hito que habría encandilado al patriarca y en el que llevan trabajando más de una década: la torre de Jesucristo que, de forma in­minente, coronará la Sagrada Família.

Lo que nos sirve en bandeja otro motivo para acercarse a la exposición: su encaje con la designación de Barcelona como Capital Mundial de la Arquitectura, algo que sin duda habría complacido a Cumella, quien a partir de los años 50 tuvo una relación estrecha con varias corrientes de la arquitectura moderna. Y “moderno” y “contemporáneo” son adjetivos que se cuelan sin descanso en la conversación/tour servida por la dueña de la galería, Mònica Ramon, tanto para enfatizar la conexión con la actualidad del artista –en el catálogo se subraya que sus formas “anticipan nociones actuales como la sostenibilidad, la interdependencia de los materiales y la fusión entre arte, diseño y entorno”– como el interés del espacio por atraer a público joven.

Ocupando las instalaciones de una antigua fábrica textil, la galería es en sí misma una obra de arte, con sus planchas de hierro oxidado flanqueando la sala principal, una penumbra que invita al recogimiento, agudiza la mirada y remarca la trascendencia y espiritualidad de las piezas expuestas, y un sentido escenográfico muy elegante. Las cerámicas de Antoni Cumella aparecen distribuidas en un laberinto de mesas del siglo XVII (ojo, ¡también a la venta!, algo en lo que no suele reparar el asistente) y dispuestas sobre unos plafones blancos que consiguen otorgar valor a cada pieza, resaltar las formas sinuosas, los esmaltes, los matices de los colores… Si no las pueden adquirir, la simple contemplación y la caricia habrán merecido la visita.