{"id":16060,"date":"2007-02-23T09:08:00","date_gmt":"2007-02-23T09:08:00","guid":{"rendered":"https:\/\/nova.arturamon.com\/26\/"},"modified":"2018-11-08T19:04:38","modified_gmt":"2018-11-08T18:04:38","slug":"26","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/arturamon.com\/es\/26\/","title":{"rendered":"Mar de barro"},"content":{"rendered":"<p>Nunca olvidar\u00e9 el d\u00eda que por primera vez visit\u00e9 la capilla de Miquel Barcel\u00f3 en la catedral de Palma de Mallorca. Era un caluroso 3 de agosto de 2006. No s\u00e9 si es porque entre el reducido grupo de hombres y mujeres que tuvimos el privilegio de ver el espacio hab\u00eda algunos italianos, o porque llegamos all\u00ed en la penumbra y s\u00f3lo pod\u00edamos distinguir las formas de los muros de cer\u00e1mica a trav\u00e9s de la luz azulada de nuestros tel\u00e9fonos m\u00f3viles, convertidos en antorchas para la ocasi\u00f3n, pero la primera sensaci\u00f3n que tuve fue de estar ante una revelaci\u00f3n. Un mundo nuevo estaba a punto de ser revelado entre los tres muros de aquella capilla. Una revelaci\u00f3n marcada por el efecto teatral de entrar entre los pl\u00e1sticos negros, improvisado tel\u00f3n que cubr\u00eda la entrada de un espacio que entonces s\u00f3lo pod\u00edamos visitar nosotros. Penetramos en un \u00e1mbito no s\u00f3lo exclusivo sino sagrado: una suerte de descenso a un escenario o a una cueva, el espacio para el rito o para el culto.<\/p>\n<p>Con la breve luz fluorescente entrevimos la piel de las paredes, recubierta de peces y de formas que se nos aparec\u00edan fant\u00e1sticas sobre el barro ya cocido. Pude imaginar la emoci\u00f3n que tuvieron los primeros exploradores de las cuevas prehist\u00f3ricas o los primeros arque\u00f3logos que visitaron santuarios ignotos. Puede sentir la ilusi\u00f3n con la que se recuperaron algunos frescos rom\u00e1nicos. Mientras intu\u00eda un mundo de barro submarino, una potente luz blanca ilumin\u00f3, de repente, el conjunto. Entonces la revelaci\u00f3n se hizo realidad y descubrimos, con la musicalidad de la lengua italiana de fondo, este milagro de los panes y los peces que ha plasmado Barcel\u00f3 en los tres muros de la capilla de Sant Pere.<br \/>\nEn el muro de la izquierda, desciende del mar un ej\u00e9rcito de especies marinas espl\u00e9ndidas, algunas de las cuales s\u00f3lo recuerdo haber visto en el mercado de la Boqueria, peces realizados forzando los vol\u00famenes, buscando los relieves en la piel de la arcilla, formas que luego han sido pintadas. Pude identificar el proceso de este trabajo porque el propio Barcel\u00f3 nos lo mostr\u00f3 en la representaci\u00f3n de Paso doble en Avignon, una exhibici\u00f3n de fuerza f\u00edsica en un combate entre la materia y el artista: golpes, pu\u00f1etazos, hendiduras, piel de barro llena de heridas; una pelea que ha dejado su huella en fragmentos extraordinarios, como las enormes langostas o el gran pulpo o los mejillones arremolinados como si estuviesen en una cazuela. Las cabezas entreabiertas de los grandes peces impresionan. El conjunto en trampantojo tridimensional recuerda tanto las creaciones del ceramista barroco Bernard Palissy, como bien vi\u00f3 Josep Casamartina en las p\u00e1ginas de EL PAIS, como los platos de enga\u00f1o de la Alcora del dieciocho. Arriba, en el v\u00e9rtice izquierdo, el muro se convierte en mar con olas que nos indican que el espacio ha estado inundado. Todo es potencia, todo es insondable mar, el mar profundo que Barcel\u00f3, experto submarinista, conoce de sus inmersiones, formas aprendidas buceando y que ha trasladado a este gran fresco de arcilla.<br \/>\nEl muro opuesto es m\u00e1s intuitivo. Responde menos a un programa compositivo prefijado que el de la izquierda. En esta cartograf\u00eda de lo terrenal llueven los frutos del mercado, explosi\u00f3n del color. Son t\u00e1ctiles los panes redondos con las costras quemadas parecidas a las de las porcelles (los cochinillos que se comen en Mallorca) o las sand\u00edas y las granadas maduras, a punto de reventar. Sorprende un cuchillo al lado de una manzana que es el pendant del anzuelo entre los peces del muro opuesto. La pintura ayuda a resaltar las formas creadas en el barro, a destacar algunos relieves, a dar sombras, a incidir en los grupos, pero desde el primer momento uno tiene la sensaci\u00f3n de estar ante un mundo de puro barro, tridimensional, m\u00e1s escultura que pintura.<br \/>\nEl muro central est\u00e1 destinado a Cristo, que aparece de dimensiones menores de lo que cabr\u00eda esperar. Es un Cristo de espuma blanca, m\u00e1s una promesa que una aparici\u00f3n; casi transparente, como una medusa, como si la luz que lo circunda hubiese sido proyectada desde atr\u00e1s. El Cristo, que se sit\u00faa en el centro, est\u00e1 flanqueado a su izquierda por un gran pez espada abierto en canal y, a su derecha, por una palmera que me recuerda algunas de las formas geol\u00f3gicas de las cuevas de Art\u00e0. A sus pies, un osario formado por calaveras como las que una vez vi en la cripta de los capuchinos de Roma: amontonamiento, horror-vacui, como las cruces en los dibujos del renacentista Lelio Orsi. Este Cristo con los brazos abiertos me inquieta. No sufre, pero tampoco nos acoge. Es un Cristo que no centraliza la composici\u00f3n: su papel no reviste mayor importancia que el del pez espada; un Cristo expectante, m\u00e1s espectador que protagonista, que se asemeja al propio Barcel\u00f3, como si \u00e9ste hubiese querido autorretratarse como hac\u00edan los antiguos pintores: el artista devenido Dios que contempla su propia obra, su creaci\u00f3n, Cristo entre el milagro de los panes y los peces o el Artista-Dios en el taller ante su obra.<br \/>\nEs curioso observar como los m\u00e1s recientes trabajos de Barcel\u00f3 est\u00e1n basados en el n\u00famero tres. Tres son las partes de la Divina Comedia que ilustr\u00f3 con acuarelas evanescentes. Tres fueron las partes de Paso doble, la ya mencionada performance que realiz\u00f3 junto a Joseph Nadj en Avi\u00f1\u00f3n. Y tres son los muros que componen esta capilla. Simbolismos a parte, en el tres ha basado Barcel\u00f3 su impetuosa fuerza creativa y las tres obras comparten un mismo af\u00e1n: la consecuci\u00f3n de una obra sin g\u00e9nero, transversal, humanista, completa.<br \/>\nEl pasado 2 de febrero, seis meses despu\u00e9s, volv\u00ed a la capilla ba\u00f1ada por la soberb\u00eda de la iluminaci\u00f3n y de la pompa en el d\u00eda de su bendici\u00f3n. Los vitrales ahumados como un cielo de El Greco sobre los que el artista ha dibujado con los dedos formas naturales de trazos blancos completan el conjunto. Me imagino que la luz natural filtrada por estos vidrios de humo le acabaran de dar el aspecto de cueva submarina que Barcel\u00f3 persigue. Inmersa en una explosi\u00f3n medi\u00e1tica extraordinaria la capilla de Sant Pere, es ya un lugar de culto en los dos sentidos de la expresi\u00f3n: de culto cristiano y de culto art\u00edstico. Ahora necesita la perspectiva del tiempo. Una sola obra que condensa las m\u00faltiples facetas de este artista rebelde que no deja de ser tremendamente joven, a sus cincuenta a\u00f1os ya cumplidos, y vital: una fuerza, en definitiva, de la naturaleza y del arte.<\/p>\n<p>Artur Ramon Navarro<\/p>\n<p><span style=\"color: #999999;\">Publicado en Cultura\/s, La Vanguardia, el mi\u00e9rcoles 21 de febrero de 2007<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Nunca olvidar\u00e9 el d\u00eda que por primera vez visit\u00e9 la capilla de Miquel Barcel\u00f3 en la catedral de Palma de Mallorca. Era un caluroso 3 de agosto de 2006. 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